Reliquias en México 2018

CONSAGRACIÓN A LOS SAGRADOS CORAZONES DE JESÚS Y DE MARÍA

El Papa León XIII consagró a toda la Iglesia y al mundo entero al
Sacratísimo Corazón de Jesús el año 1899 y el Papa Pío XII le
consagró al Inmaculado Corazón de María toda la Iglesia y el mundo
entero en el año 1942. El Papa Juan Pablo II realizó esta consagración
al Inmaculado Corazón de María en el año 1984 y en el 2000.
El Papa Francisco renovó la consagración del mundo al Inmaculado
Corazón de María el 13 de octubre de 2013 en Roma.
Jesús y María son una comunidad de amor. Por eso nos
consagramos y nos entregamos a los dos al mismo tiempo.
Por obra del Espíritu Santo fue formado Jesús como hombre con un
corazón humano en el vientre de la Virgen María. Los dos Sagrados
Corazones estuvieron unidos desde el principio de una manera
maravillosa.
El Corazón de María fue el primero en adorar al Corazón de Jesús y el
que comprendió más cabalmente la profundidad de su amor.
En el momento en el que el Corazón de Jesús fue traspasado en la
cruz por la lanza del soldado, el Corazón de María sufrió las heridas
producidas por la espada de los dolores. En el Corazón de Jesús se
refleja el Corazón de su Madre.
CON LA CONSAGRACIÓN SE ENTREGA
A JESÚS POR MARÍA EL ALMA Y EL CUERPO,

el crecimiento espiritual,
nuestras oraciones,
mortificaciones y nuestras buenas obras,
nuestras luchas interiores ocultas,
nuestro esmero por la pureza del alma,
las cruces de todo tipo,
nuestro estado de salud,
nuestra familia,
a los conocidos y amigos,

nuestra vocación y
bienes materiales.

En nosotros comienza una nueva vida, formada a imagen del Corazón
de Jesús y del de María.

Si nos entregamos conscientemente al Corazón de Jesús y al de
María, se nos ofrecen también ellos dos de una manera nueva. Se
trata de una alianza de dos amores.

Al donarnos a Jesús y a María, pasamos a ser su pertenencia
y el Consagrarnos a los Corazones de Jesús y de María es un acto de
amor, de humildad y de sumisión donde nos comprometemos a
cambiar nuestras actitudes, a cambiar de vida, a reparar el daño que
pudimos haber hecho y a dar un testimonio fiel de nuestra fe católica
en Jesucristo.